jueves, 23 de enero de 2014

EL SOLAZ DE LA PRENSA LITERARIA. Del libro: “A PLOMO HERIDO. Una crónica del periodismo en Colombia (1.880-1.980)” de Maryluz Vallejo Mejía. Febrero de 2.006.

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Re-Publica (enero 23, 2014) y difunde NTC … Nos Topamos Con 
EL SOLAZ DE LA PRENSA LITERARIA 

Tomado del libro: 

“A PLOMO HERIDO. Una crónica del periodismo en Colombia (1.880-1.980)” 

de Maryluz Vallejo Mejía


 Ed. Planeta. Bogotá. Primera edición, Febrero de 2.006. Págs 122 a 129.

Escaneo, Reprodujo y difunde: NTC … Nos Topamos Con …

NTC ... 249. Diciembre 7, 2.006

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3.- LA PALABRA, 15 AÑOS. Celebraciones, conferencias, publicaciones y Seminario Internacionl "El periodismo, la literatura y la ciencia" . Nov. 22, 23 y 24 de 2.006. http://lapalabra.univalle.edu.co/
Durante las celebraciones - entre otros muchos eventos - se lanzó el libro: ANTOLOGIA. LA PALABRA 15 AÑOS. 1.991 - 2.006. (Ed. Univalle. Primera Ed. Nov. 2.006. 492 páginas. Carátula más adelante) . El prólogo a este libro, escrito por el Director de La Palabra, Darío Henao, se publicó en la versión impresa del periódico No. 167 de Diciembre 2.006. Hasta la fecha esta edición no aparece en el portalhttp://lapalabra.univalle.edu.co/. Es muy probable que muy pronto lo esté.
De la misma manera se presentó por su autora , Maryluz Vallejo Mejía, en Cali el libro: "A PLOMO HERIDO. Una crónica del periodismo en Colombia" (Planeta, Primera Ed. febrero 2.006. 430 páginas. Carátula más adelante). La doctora Vallejo - profesora de la Pntificia U. javeriana de Bogotá - dictó el Seminario Taller "Los géneros del periodismo cultural." 
Sobre "A PLOMO HERIDO" y su autora sugerimos los siuguietes textos y reseñas:
* TRES PÁJAROS DE UN SOLO TIROA plomo herido. Una crónica del periodismo en Colombia (1880-1980)
Maryluz Vallejo Bogotá, Planeta, 2006 (430 pp.)
http://www.revistanumero.com/50/rese.htm
* Una profesión que mueve pasiones . Maryluz Vallejo, profesora de la Universidad Javeriana
http://www.universia.net.co/docentes/destacado/unaprofesionquemuevepasiones.html
http://www.megastoregroup.com/blog/asr/archives/25
ALBERTO SALCEDO RAMOS
« Cuando calla el cantor Taller del Oficio »“A plomo herido”, libro de Maryluz Vallejo
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Por considerarlo de especial importancia y memoria trancribimos un trascendental aparte del libro:
EL SOLAZ DE LA PRENSA LITERARIA (42)Tomado del libro: “A PLOMO HERIDO. Una crónica del periodismo en Colombia (1.880-1.980)” de Maryluz Vallejo Mejía. Ed. Planeta. Bogotá. Primera edición, Febrero de 2.006. Págs 122 a 129.Escaneo, Reprodujo y difunde: NTC … Nos Topamos Con …
Desde finales del siglo XIX los periódicos se asumieron como portadores de ideología y de literatura. Los escritores sólo contaban con la prensa como medio de expresión, única escuela literaria donde se movilizaban las ideas y se pulía la prosa en talleres dirigidos por los maestros. Y los directores de esos periódicos sabían que debían proporcionar a sus lectores material ameno y variado para fomentar los hábitos de lectura, debido a la falta de editoriales y de cultura letrada en un país con menos de cuatro millones de habitantes, en su mayoría analfabetas. El Papel Periódico Ilustrado publicó a los escritores más granados del país y El Telegrama fue el primer diario que tuvo edición dominical literaria, a partir del 30 de julio de 1.887.
El siglo XX fue pródigo en publicaciones literarias que nació al calor de las tertulias y de las sucesivas generaciones literarias: los centenaristas, los de la Gruta Simbólica, los panidas, los Nuevos, los piedracielistas, los cuadernícolas, los de Mito, los de La Cueva, los nadaístas, cuyos exponentes solían escribir tanto para revistas especializadas como para la prensa diaria, donde alcanzaban un público mayor. El Nuevo Tiempo fue el primer periódico que publicó un suplemento, El Nuevo Tiempo Literario (mayo 24 de 1.903), para presentar la producción más granada de escritores como Rafael Pombo, Miguel Antonio Caro y José Manuel Marroquín. Incluso este periódico abrió en 1.903 un concurso de cuentos de 1.000 palabras y el premio en metálico eran 1.000 pesos, una jugosa suma para la época. El suplemento dominó el panorama de las letras nacionales hasta que lo sacaron de circulación los suplementos de El Tiempo y El Espectador. Pero en 1.927 lo revivió Ismael Enrique Arciniegas, después de 12 años, con la asesoría de Eduardo Castillo.
Ahora bien, el primer periódico del siglo XX que anunció su carácter literario fue Esfinge, fundado por César Saavedra y Arturo Manrique en 1.901. Su finalidad era ofrecer el registro de la producción literaria en Colombia y dio la primicia de obras como Diana Cazadora, escrita por Clímaco Soto Borda, que se publicó 15 años después. En su pequeño formato carta - que pronto se convirtió en tabloide - Esfinge incluyó cuentos, poemas, crónicas amenas, folletines y noticias del extranjero. Cerró al año siguiente.
Barranquilla fue puerta de entrada de las corrientes literarias y periodísticas desde comienzos del siglo XX con periódicos como Rigoletto, fundado en 1.902 por Julio H. Palacio y Eduardo Ortega, acompañados de intelectuales y literatos de fuste. En 1.913, Enrique Rash Isla y su hermano poeta, Miguel, fundaron el Mercurio para dar cabida a los nuevos talentos literarios. Un año después, en 1.914, apareció La Nación, diario conservador de Miguel Moreno Alba y Pedro Pastor Consuegra, al que se vincularon destacados hombres de letras como Clemente Manuel Zabala, Jaime Barrera Parra y Luis Enrique Osorio. Zabala dirigía el suplemento literario de La Nación, que introdujo las vanguardias culturales en el puerto. Otro diario barranquillero de aliento literario fue La Prensa, fundado en 1.928 por Juan B. Fernández y Gabriel Martínez Aparicio, que tuvo entre sus colaboradores a Osorio Lizarazo, José Félix Fuenmayor, Lino Gil Jaramillo y Porfirio BarbaJacob.
En su larga existencia de tres décadas, El Gráfico abrió sus páginas a escritores de las generaciones del Centenario y de los Nuevos, quienes escribían en todos los géneros periodísticos y literarios. En la Gaceta Republicana, de Olaya Herrera, se reunía una tertulia con Julio Flórez, Max Grillo, Baldomero Sanín Cano, Clímaco Soto Borda y Víctor M. Londoño, entre otros. Y recién fundada Cromos, se formó en la redacción una tertulia literaria con Eduardo Castillo, Miguel Rash Isla, Abel Marín y José Eustasio Rivera, quienes hacían versos, producían "chispazos" y nutrían de exquisita prosa la famosa revista.
De noviembre de 1922 es el periódico El Sol, dirigido por Luis Tejada y José Mar, que alternaba la crítica política con las crónicas ligeras de Tejada y los cuentos cortos. Tuvo colaboradores de la talla de Luis Vidales, Carlos Lozano y Lozano y Rafael Vásquez. En 1.935 comenzó a publicarse el suplemento Márgenes, en El Diario Nacional, dirigido por Darío Achury Valenzuela, y con colaboradores como Eduardo Zalamea Borda, León de Greiff, Rafael Maya y Adel López Gómez.
Tras el 9 de abril de 1.948, apareció el quincenario de Jorge Zalamea, Crítica, que en su parte literaria se destacó por las traducciones de grandes autores contemporáneos (desde T. S. Eliot pasando por La peste, de Camus, y los poemas de Saint-John Perse, de quien Zalamea fue fiel traductor, y lo último en literatura italiana.
En los años cuarenta sobresalió el suplemento Generación, de El Colombiano, con figuras como Belisario Betancur, Eddy Torres, Jorge Robledo Ortiz y Otto Morales Benítez, que lo dirigió durante cinco años. El Liberal, de Alberto Lleras Camargo, también editó el suplemento literarioNuestro Tiempo a partir de 1946 y tuvo como directores a Lucio Duzán, Guillermo Payán Archer y Fernando Charry Lara (quien divulgó la obra de los cuadernícolas). El Liberal ofrecía traducciones de André Gide y John Steinbeck, entre otros escritores del momento. Publicó un capítulo inédito de la novela Miseria, de Manuel Mejía Vallejo, con ilustraciones de Hernán Merino, y ofrecía traducciones del mejor periodismo literario estadounidense. Pero por liberal que fuera el suplemento, no faltaban artículos de tono moralista como el titulado "La pornografía de Sartre" (junio 20 de 1948), donde Osorio Lizarazo tacha las obras del autor francés de pornográficas, al estilo del marqués de Sade.
En 1945 dirigía el suplemento literario de El Siglo Guillermo Camacho Montoya, hijo del gran político conservador; pero hasta finales de los años cincuenta era igual a tantos suplementos que se publicaban, lleno de poetisas y ensayistas, con los comentarios literarios de Lucio Pabón Núñez (más conocido en su tenebrosa faceta de represor) y de Laureano Gómez (que firmaba Jacinto Ventura). La llegada de los directores Bernardo Ramírez y Belisario Betancur aireó sus páginas, y el suplemento comenzó a ofrecer material atractivo y a introducir valores destacados de las letras internacionales, como Jorge Luis Borges. Hasta El Diario de Colombia, de Gilberto Alzate Avendaño, fue un diario conservador abierto al pensamiento joven, cuyo suplemento La Gaceta Literaria animó debates culturales del momento y contó con colaboradores habituales, como Héctor Rojas Herazo.

A finales de los años cincuenta Gonzalo Arango fundó Esquirla, suplemento literario de El Crisol, que hacía las veces de órgano del recién fundado movimiento Nadaísta. 

Y en la década del sesenta hubo publicaciones memorables, como Estravagario, de El Pueblo (1.975), que en su mejor momento dirigieron Fernando Garavito y María Mercedes Carranza. En ese suplemento cultural - que Garavito insistía en no confundir con uno literario -, se recogieron las tendencias de la contracultura latinoamericana, como la primicia del libro de Ariel Dorfman y Armand Mattelart: Para leer al Pato Donald. Colaboraban con frecuencia Eduardo Umaña Luna, Arturo Alape, Álvaro Medina, Pedro Claver Tellez, Isaías Peña Gutiérrez, Jaime Posada y Umberto Valverde. Una excelente vitrina del nuevo periodismo literario y de las ideas de izquierda.

En 1.979 apareció el suplemento cultural del diario El Mundo de Medellín, que rompió con los tradicionales esquemas de periodismo cultural de El Colombiano. El Mundo Semanal manejó lo cultural desde los géneros periodísticos y dio especial relevancia a la producción literaria local y nacional, con editoras como Ana María Cano y Adriana Mejía.
Y el suplemento del Diario del Caribe, Intermedio, dirigido por Alfonso Fuenmayor, con Ramón Illán Bacca y Germán Vargas, desde 1980 y durante casi una década engolosinó a los lectores con sus ediciones monográficas dedicadas a las últimas tendencias de la literatura universal (más allá del boom) y de todas las artes, cultas y populares. En este suplemento Fuenmayor demostró su gusto por la novela negra, con la traducción de crónicas policiales.
Cerramos esta relación con los suplementos de El Espectador y de El Tiempo que registraron lo mejor de la producción literaria y artística nacional durante el siglo xx. En 1.891 Fidel Cano -amante y cultor de la poesía- comenzó a publicar una página de literatura con escritos de Silva, Rubén Darío y Víctor Hugo, que aireaban el adocenado panorama literario de la época. Y el 12 de septiembre de 1.915 nació en El Espectador el primer suplemento del país, La Semana, dedicado a la poesía y a la vida social y cultural, que se anunciaba como el mejor de Medellín. Ilustrado por el maestro Ricardo Rendón, con fotografías de Daniel A. Mesa y dibujos de Vieco, divulgó la obra de prosistas y ensayistas, como Francisco de Paula Rendón, Carlos E. Restrepo, Tomás Márquez, Baldomero Sanín Cano, Antonio J. Cano, Tomás Carrasquilla, Efe Gómez y Alfonso Castro (estos últimos, fundadores de la novela antioqueña).
Dado su éxito, la revista ilustrada La Semana comenzó a circular en Bogotá en enero de 1.916. Para 1.919 el Suplemento Ilustrado de El Espectador había alcanzado un éxito resonante en Antioquia y en el resto del país con su propuesta de periodismo literario: "Una solución al esplíny el cansancio dominical", Colaboraban asiduamente Clímaco Soto Borda; Luis Tablanca, Luis Bernal, Gaspar Chaverra, José Mar y los columnistas más exitosos: Armando Solano y Luis Tejada. En 1924 comenzó la edición en Bogotá de El Espectador Dominical, que dirigió fugazmente Porfirio Barba Jacob, con Lino Gil J aramillo y Francisco Umaña Bernal.
A partir de 1948 se identificaría con el cabezote de Fin de semana, que en 1.950 pasó a llamarse Magazín Dominical y seguía el estilo de revista estadounidense, con reportajes suculentos, buena literatura, algo de política y los monos (43). El Magazín comprendía la sección literaria y otra sección igualmente nutrida (16 páginas) de deportes y sociedad. Como su nombre lo indica, magacín es el que recoge materiales variados, no es la revista especializada, y así lo entendió Guillermo Cano, quien leyó muchos magacines de Estados Unidos antes de adaptar este tipo de publicación en Colombia.
El gran acierto del Magazín fue dedicarle un espacio generoso a la literatura: en cada entrega se publicaban como mínimo seis relatos, lo que se valoraba en tiempos de limitada difusión editorial. Abundaban los cuentos de autores extranjeros traducidos por primera vez para el Magazín. Por ello la sección estelar del suplemento era "Maestros del cuento", con un comentario orientador de Eduardo Zalamea Borda, Ulises, y allí llegó desafiante en 1.947 un cuento del desconocido Gabriel García Márquez, "La tercera resignación", el primero que le publicaron en El Espectador, a ocho columnas, ilustrado por Grau, y con el reconocimiento entusiasta de Ulises. En 1.953 Manuel Mejía Vallejo enviaba sus colaboraciones desde Guatemala, entre ellas el reportaje en varias entregas sobre Porfirio Barba Jacob: "El hombre que parecía un fantasma". Escribían sobre libros Fernando Soto Aparicio, Nicolás Suescún, Antonio Panesso Robledo y Héctor Ocampo.
En estos años dorados los directores del Magazín eran Guillermo Cano y Álvaro Pachón de la Torre, con su fino olfato literario y periodístico, y llegó a vender 68.000 ejemplares, un récord nacional. Los lectores ya se habían vueltos adictos al suplemento cuando su director, Álvaro Pachón de la Torre, se mató en un accidente de tránsito en marzo de 1.953. También murieron los colaboradores Gustavo Wills Ricaurte, Hamlet, y Álvaro Umaña Forero, responsable de la sección cultural. La portada de ese número del 29 de marzo trae un dibujo de Pachón de la Torre hecho por Merino y una semblanza de su amigo Guillermo Cano, quien lo presenta como el periodista que mantenía la oreja pegada a las radiodifusoras extranjeras hasta el amanecer, como El narrador indiscreto de crónicas y artículos de fondo y el traductor de piezas de interés de Readers' Digest, Paris Match y Woman.
A partir de 1.955 El Magazín se transformó en revista de crónicas y reportajes centrados en la realidad del país. Era como si de repente se sintiera curiosidad sobre lo que ocurría en Colombia con un acentuado espíritu nacionalista, pero no faltaban las corresponsalías de los escritores colombianos en el exilio europeo, como Gabriel García Márquez, Eduardo Caballero Calderón, Uriel Ospina, Eduardo Mendoza Varela, Elisa Mujica y Ramiro de la Espriella.
En los años ochenta el magazín pasó de formato tabloide a cuadernillo, con el diseño de Carlos Duque y un atractivo concepto gráfico. Bajo la dirección de Marisol Cano y de Guillermo González (hijo de Sady González) exploró el periodismo cultural como opción ideológica y se abrió a la multiculturalidad del país, rompiendo con el centralismo acostumbrado. Desapareció antes de finalizar el siglo, bajo la dirección del poeta Juan Manuel Roca (hijo de Juan Roca Lemus), dejando 'literalmente' un vacío en el medio cultural.
El otro suplemento canónico es el de El Tiempo, que creó Eduardo Santos en noviembre de 1.913 bajo el nombre de Lecturas Populares. Con más de 20 páginas, empezó a circular todos los sábados. En mayo de 1.915 cambió su cabezote por el de Lecturas Dominicales, y el grueso de su información era sobre política nacional e internacional, con una sección literaria. Algunos de los primeros directores fueron Alberto Lleras Camargo, Jaime Barrera Parra, Germán Arciniegas, Hernando Téllez, Eduardo Caballero Calderón, Eduardo Carranza y Eduardo Guzmán Esponda. Hasta el inicio de la dictadura de Rojas el suplemento se distinguió por su línea humanista, de gran altura intelectual y con colaboradores que defendían ante todo las ideas liberales, sin alejarse de Dios ni de la Iglesia.
Los dibujantes más cotizados de Lecturas eran Santiago Martínez Delgado, el español Rivero Gil, Franklin, Lucy Tejada y Trujillo. A partir de 1956, y bajo la lupa de la censura, sobresalen las caricaturas de Chapete, Carrizosa, Pinzón y Merino.
Entre 1.950 y 1.951 aparecieron las columnas de Pedro Gómez Valderrama; Próspero Morales Padilla y Eduardo Caballero Calderón, Swann, los más eficaces guías literarios del periódico. Otros importantes comentaristas de libros fueron José Ignacio Libreros, Rafael Maya, Andrés Holguín, Luis de Zulueta, Tomás Vargas Osorio, Jaime Posada, Jorge Zalamea y Elisa Mujica. A cargo de la crítica teatral estaba José Santos Quijano; de la musical, el maestro Otto de GreifI, y de arte, Luis Vidales y Walter Engel. En 1.956 empezaron a aparecer las críticas de arte de Marta Traba, cuyas tesis sobre el arte moderno cambiaron la percepción de los colombianos, enmarcada en lo figurativo.
En 1.951 se planteó desde Lecturas Dominicales un debate sobre la tradición humanística en Colombia. La pregunta era: "¿Somos en realidad la llamada Atenas Suramericana o por el contrario, el país soporta desde hace rato el colapso de su predominio intelectual en el continente?". Se confrontaron opiniones de los más destacados colaboradores del suplemento. Armando Solano se preguntó si el país merecía la fama de ser el más letrado de América, cuando un 50 por ciento de su población era analfabeta. A partir de 1.958, bajo la dirección de Eduardo Mendoza Varela, el suplemento vivió su mejor época, y lo sucedieron Roberto García-Peña y Leopoldo Villar-Borda.

EL FOLLETÍN: SEÑUELO PARA LOS LECTORES
En un país con una incipiente industria editorial, los periódicos nacían con la responsabilidad social de divulgar la literatura. Por ello la sección que tuvo un reinado más largo en la prensa colombiana fue la del folletín, formato en el que se vertían todo tipo de materiales literarios - populares y refinados, obras clásicas y contemporáneas de autores colombianos y extranjeros - a condición, de publicarlos por entregas, manteniendo cautivos a los lectores y, de paso, garantizando las ventas. Los folletines se pusieron de moda en Colombia desde finales del siglo XIX, y hasta mediados del XX gozaron de un espacio reservado tanto en la prensa seria como en la popular.
Jerónimo Argáez, en El Telegrama, publicó por entregas las Reminiscencias de Santafé de Bogotá, de José María Cordovez Moure, que se volverían un clásico en el género de la crónica. EI Correo Nacional tradujo autores desconocidos en Colombia, como Edgar Allan Poe y publicó las obras de León Tolstói, como Katia, en 1.890. Tanto éxito tuvieron estos folletines, que Martínez Silva los empastó en volúmenes editados en la imprenta La Luz. En La Crónica, en 1899, se publicó El grandioso Orinoco, última novela de JulioVerne, traducida por Darío Pinzón.
En La Tribuna, de Antonio José Restrepo, se publicó un folletín para niños: Las aventuras de Pinocho, traducido del italiano por la señora Gónima Restrepo. En El Sol, de Medellín, no faltaban los folletines carnudos: en 1913 se publicó la historia completa de El Pernales, famoso bandido de la época, y se publicó otro folletín en incontables entregas sobre María Antonieta, titulado La reina y la guillotina. En la Gaceta Republicana apareció El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle, en 1.914, escritor que ejerció gran influencia entre los cronistas de sucesos.El Tiempo, en 1915, publicó Los dientes del tigre, de Maurice Leblanc, el creador de Arsenio Lupin, que reflejaba los gustos afrancesados del director, Eduardo Santos.
En el diario La Prensa se publicó en 1.928 una novela histórica de Gordon Young, La fiebre del oro en California y del famoso aviador Charles Lindbergh, Mi aeroplano y yo. Y en 1.935 en El Diario Nacional se publicó La isla del Tesoro, de Stevenson, y La cosecha, de Osorio Lizarazo, el jefe de redacción.
En los años cuarenta los folletines literarios se vieron desplazados por las crónicas de la vida real, que tomaron un inusitado auge, sobre todo las de policía. Caso singular fue el de novela-folletín "hecha en casa": El misterio del Calle 215 o la pasajera del Hotel Granada, escrita a seis manos por periodistas y escritores amantes del género negro. El curioso relato - primer experimento de esta índole del que se tenga noticia -, apareció publicado por entregas en el semanario Comandos, de Alejandro Vallejo, en 1.944. Los coautores eran Ximénez, Klim, Guillermo Patiño, León de Greiff, Rafael Jaramillo Arango y Luis Vidales, cada uno a cargo de un capítulo. Ximénez, el más experimentado en este género, había publicado entre septiembre y noviembre de 1.941, en la revista Cromos, un folletín titulado El misterioso caso de Herman Winter.Además de divulgar la literatura extranjera a manera de folletín, la prensa hizo un aporte valioso a la difusión de la literatura nacional, y ya no bajo la marquesina del folletín porque las obras iban dirigidas a un lector más exigente y formado. En 1.900 el periódico antioqueño El Cascabel, de Enrique Gaviria, propuso el tema de "el recluta" - muy a tono con la guerra civil que se libraba- a ocho escritores antioqueños para que enviaran un cuento breve al periódico. Finalmente respondieron 11 autores - entre ellos Tomás Carrasquilla, Gonzalo Vidal, Alfonso Castro, Luis del Corral, José Velásquez García-, y el libro salió publicado en 1.901.
En 1.906, Adolfo León Gómez dio la primicia de su libro Secretos del Panóptico en Sur América. En 1908, la revista La Ilustración publicóLa peregrinación de Omega. En mayo de 1.923 El Nuevo Tiempo empezó a publicar Los sueños de Luciano Pulgar, del ex presidente Marco Fidel Suárez, que también divulgó La Defensa. y El Fígaro ofreció por entregas la novela inédita de Cordoves Moure, Claro de luna, en 1.929.
En mayo de 1930, La Tarde publicó la novela Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda. La Guillotina entregó en cinco ediciones El libro rojo del Putumayo, del diplomático inglés Roger Casement, en 1.932. Las Memorias de la guerra de los Mil Días, del general Lucas Caballero, es una compilación de los artículos publicados en El Tiempo entre enero y febrero de 1.938. En El Liberal, en 1942, se publicó el libro Laureano Gómez: psicoanálisis de un resentido, del psiquiatra y columnista José Francisco Socarrás, cuya edición fue censurada y recogida (44).
El 2 de noviembre de 1.948, el quincenario Crítica, inició la publicación de una novela inédita de su director, Jorge Zalamea, La liberación de Luca Pisano, y ofreció la traducción de Informe para una academia y La metamorfosis, de Franz Kafka, auténtica primicia editorial. En octubre de 1.949, Jorge Zalamea publicó el cuento La metamorfosis de su excelencia. El quincenario también dio origen a una colección bibliográfica titulada "Los textos amigos" que ofrecía mensualmente la obra de escritores nacionales y extranjeros reconocidos.
En 1.955 se publicó en El Espectador, en 14 entregas, La verdad sobre mi aventura, el testimonio del marinero Luis Alejandro Velasco, que luego se conocería como Relato de un náufrago, y que le costó a Gabriel García Márquez la censura de régimen militar por las acusaciones tocantes a la Armada. La Nueva Prensa, en 1.961, publicó el ya clásico título de Indalecio Liévano Aguirre, Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia. Y en el mismo año, Álvaro Mutis dio la primicia de su Diario de la cárcel de Lecumberri en el semanarioSucesos, donde también se publicó a partir de julio de 1.957, Entre la libertad y el miedo, el libro de Germán Arciniegas prohibido por la dictadura. Jorge Gaitán Durán, director de Mito, publicó en La Calle los artículos que componen el libro La Revolución Invisible, producto de su militancia en el MRL.
También se da el caso de los periodistas y columnistas que recogieron su obra en libro. Tic Tac, considerado el primer cronista del Centenario, publicó varios libros de antología (Pathé journal, De sol a sol, Memorias de un desmemoriado), y Joaquín Quijano Mantilla publicó en la editorial de Cromos sus Cuentos y enredos, un suceso editorial a comienzos de los años veinte. Germán Arciniegas, intuitivo editor, publicó El libro de crónicas de Luis Tejada, en 1.924, en su editorial Ediciones Colombia.
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(42) Este apartado se limita a las páginas y suplementos literarios de los diarios o hebdoma- 1 darios, no a las revistas culturales y literarias especializadas. '
(43) Así se llamaba en Colombia a las tiras cómicas.
(44) En 1.942 lo publicó la editorial ABC, en Bogotá, y en 1994 lo reeditó Planeta en su serie de Lista Negra.
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